Mi tundra confortable

En este lugar hace mucho frío. Me gustaría relajarme, no pensar en nada y quedarme traspuesto, pero esa corriente de aire casi imperceptible no cesa de pasar por mis manos y mi rostro, y ha conseguido helar todo mi cuerpo. ¿Es que nadie más la nota?
Yo no suelo tener frío. Cuando era niño no soportaba aquellas horribles escafandras de lana que me picoteaban el cuello y la frente. Fui creciendo y mi tolerancia al frío también. En mi adolescencia llegué a estar totalmente convencido de que padecía una rara enfermedad del hígado que alteraba mi relación con el astro rey. Hubo un tiempo en que mis tíos Len y Sara me invitaban a pasar el domingo en su casa de campo. En realidad Len sólo era el marido de mi tía Sara, pero para mí eran lo mismo. Su casa de campo consistía en una construcción de estilo anticuado, con paredes curvas y ladrillos de vidrio, rodeada de un caos de vegetación, arañas y neumáticos usados. Allí me encontraba con mis tres primos y, como había bicis viejas y balones desinflados para todos, pasábamos el día sin demasiadas trifulcas, lo que equivale a decir que nos divertíamos. Glenda era la pequeña de los cuatro, y supongo que lo seguirá siendo en alguna parte. A Glenda la abrigaban mucho, la recuerdo como una gran pelota de colores de la que salían cuatro extremidades y una cabeza diminuta. A sus hermanos mayores también les colocaban toneladas de toda la ropa pasada de moda que cabía en aquella casa, pero ellos eran más rebeldes y se la quitaban a escondidas, lo que provocaba temibles ataques de ira incontrolada en mi tía. Ella conmigo era diferente, insistía en colocarme la ropa de mi primo Chris, pero terminaba aceptando mis negativas de forma pacífica y condescendiente. Lo cierto era que no necesitaba esa ropa ni ninguna otra, porque yo no tenía frío.
Mi insólita característica se convirtió en algo crónico. Descubrí que podía transferir gran parte de mi calor a otra persona y aún así permanecer inmune al frío: no sabía entonces que mi isotermia jugaría un papel determinante en mis relaciones con las chicas. Una de ellas me eligió durante un invierno especialmente frío. Ella era endeble y pequeña, aunque no tanto como mi prima Glenda de los domingos; pienso que debió ver en mí al equivalente humano de un San Bernardo. Juntos pasamos dos años de tierno abrigo. En otras ocasiones, mi condición marsupial no suponía un valor añadido: mi ansiedad crecía a medida que se acercaba el momento de sacar del ropero los edredones nórdicos. Nadie que no haya experimentado mi singular dolencia podría imaginar cómo una relación conyugal puede agrietarse por discrepancias térmicas.
Sigo teniendo frío. Oigo conversaciones ininteligibles a mi alrededor, es como si mi pensamiento celoso sonara más fuerte que las voces. Alguien se aproxima, oigo un leve chirrido de goznes y un golpe sordo que me trae a la vez oscuridad y silencio. La corriente ha desaparecido, al fin podré descansar en paz.


Davedan Swars dijo
Buena historia, Visitante
22 Enero 2012 | 05:47 PM