Ele Mayúscula y Enajenación

Con el índice suspendido sobre el Enter y la mirada fija en el texto absurdo, concedió un último segundo a su víctima, antes de aniquilarla definitivamente. El dedo aterrizó suavemente, deformando sensibles resortes y liberando microcorrientes que, como un ejército de invisibles nanobots, alcanzarían su objetivo mucho antes de que la presión de su mano cediera. “Al carajo contigo, puta de mierda” – masculló, y su odiada Times New Roman pasó a ser historia. En su lugar, la flamante Helmut Gothic proporcionaba ahora un inexplicable efecto de rejuvenecimiento a cada pulgada de pantalla.
Para celebrarlo apartó el teclado y colocó la bolsa de papel frente a él. La luz del flexo le cegó por un instante, reflejada en el envase de la salsa picante- que otra vez había olvidado pedir. Mientras iba disponiendo ordenadamente las piezas de su cena, pensaba en la chica que solía atender sus pedidos, aquélla que parecía recordar sus preferencias mejor que él mismo. La visera –una parte de su uniforme- le cubría siempre hasta cerca de las cejas, de manera que sus ojos permanecían en penumbra. Pero él sabía buscarlos y encontrarlos. Y así había notado que el derecho se cruzaba ligeramente, sin restar atractivo al conjunto. De no ser por el estímulo de observarla, la mitad de sus cenas no habrían existido, no al menos en ocasiones como ésta, en que la entrega a su trabajo se convertía en su única necesidad primaria. Más de una vez, exhausto, desnutrido y al borde de la crisis nerviosa, había puesto punto a su jornada limitándose a dejarse caer desde la silla al colchón cercano: el flexo y la pantalla velarían su anárquico sueño.
Comenzaba el asedio al tercer plato, su favorito, que no era más que un primer plato pospuesto. Entonces reparó en una forma negra, definida, sobre el fondo radiante de la pantalla. Su capacidad de percibir y comprender, ausente durante unos minutos de masticación, volvió de golpe, mostrándole allí donde miraba una palabra, luego las letras que la componían; a continuación imaginó su sonido y su significado. La palabra carecía de importancia dentro del párrafo de muestra, donde no faltaban eñes, cedillas, guiones bajos o uves dobles. Pero una de sus letras, la ele mayúscula, destacaba del resto. Empujó la cena a un lado, arrastrando con ella el mugriento ratón de bola, que cayó por el costado derecho del escritorio para quedar suspendido de su cola a un palmo del suelo. El cursor describió una sonrisa. La ele, la maldita ele desentonaba con el resto de las letras. Se alejó del monitor unos centímetros y, mediante una maniobra que consistía principalmente en desenfocar la vista y, sobre todo, evitar centrarse en ninguna palabra en concreto, creyó localizar de una vez las ubicaciones de todas las eles mayúsculas que, como la primera, rompían la coherencia de su obra. Eran sólo tres, pero ahí estaban, como tres torres, liderando largas frases, arrogantes, desafiando a sus semejantes.
Un despiste. La plantilla contenía una infinidad de letras y símbolos, minúsculas y mayúsculas, universales, matemáticos y latinos, de puntuación y tipográficos… Todos ellos habían sido minuciosamente reemplazados por nuevas encarnaciones -serifa más, serifa menos- de los mismos contenidos durante dos días y una noche. Todos excepto la ele mayúscula, que aún mostraba su forma por defecto, que no era otra que la Times New Roman.
(Continuó)

Iñaki Localoría dijo
Hay que ver lo que te ha costado...
26 Marzo 2010 | 11:45 PM