La cordura de Kronos

A las 18.45, como cada tarde, Juan Antonio salió al patio trasero de la casa, cerrando tras de sà la puerta metálica. Comprobó que la linterna funcionaba, y que la bandolera estaba donde debÃa estar –colgada de su hombro derecho. Luego avanzó con paso experto hacia la torta de hormigón donde nacÃa la escalerilla que le conducirÃa a la cúspide del faro. HabÃa repetido la misma operación a diario durante veintitrés años, a excepción de los dÃas de descanso, y durante aquella baja médica que ahora le parecÃa más la historia de otro que de sà mismo.
Sin haber utilizado la linterna ni el pasamanos, logró superar los dos primeros tramos de escalera en dos minutos y medio; pensó que no estaba nada mal para sus cuarenta largos años, entregados a cambio de sal, lluvia, viento y relámpagos. También entregados a ella, a quien el tiempo se encargó de mezclar y diluir junto a los demás elementos. No era un pensamiento nuevo, sino un genuino tic que cada dÃa le planteaba el mismo desafÃo secreto, siempre a sabiendas de que lo superarÃa hasta el último peldaño del último de sus dÃas.
El faro -su faro- era una vara de medir su estado interior. Aquellas veces en que se sentÃa anónimo y prescindible apenas era capaz de alcanzar el primer descansillo en menos de un minuto. Otros, llegaba de un tirón a la cubierta superior, se escurrÃa ágilmente por la incómoda trampilla y aún encontraba resuello para fumarse uno más, contemplando la luminotecnia celeste del atardecer tras un raquÃtico parapeto que apenas le llegaba a cubrir a los muslos. Eran ésos los dÃas en que se sentÃa tocado por los dioses.
La tarde del once de Noviembre, cuando tanteaba en penumbras alrededor de la trampilla en busca del asidero, creyó oir el llanto. En un lugar como aquél los sonidos constituyen una compañÃa tan habitual como necesaria. Paradójicamente, su oÃdo, que se mostraba inmune a los truenos más estremecedores y a los tortuosos lamentos del viento, estaba prodigiosamente adiestrado para detectar cualquier inflexión nueva, distinta, por insignificante que pudiera parecer, que distinguiera a cualquiera de sus ruidos familiares. Y él supo que habÃa oÃdo algo.
Descendió unos peldaños hasta alcanzar el primer ventanuco. Esperó a que la luz volviera de su perezoso periplo para dar sentido a las siluetas rocosas de la bajamar. Una pequeña fracción de segundo le bastó para comprobar que no habÃa nada extraño en su campo de visión. Siguió descendiendo, dejando eco a cada paso sobre las huellas de acero, para detenerse nuevamente frente a otra abertura, en el mismo costado de la torre, el que miraba hacia el mar oscuro. Alzó su linterna dentro del nicho para iluminar la base del faro. Pegó su cabeza al cristal, y adoptó una postura imposible, para evitar interponerse en el camino del haz, a la vez que miraba hacia el lecho de roca justo en la raÃz del edificio. La escalerilla auxiliar que franqueaba el acceso por el lado del agua seguÃa allÃ, como siempre, incompleta por el capricho de la herrumbre. Y, semiocultas, en la sombra que aquélla proyectaba, pudo distinguir unas olas muy distintas a las del mar, las de una fulgurante cabellera roja que supo reconocer al instante. Apagó la linterna y, con la sensación de quien muestra una sonrisa triunfal, se dispuso a abrir la puerta olvidada.

Trapani dijo
Qué grande eres, coño.
12 Enero 2009 | 10:02 PM