Hades

Yo creía que la iniciación era algo así como llevarte los apuntes a casa y practicar encerrado en el baño. O que había que dedicar toda una vida de privaciones para llegar a las puertas de la vejez sin haber logrado progresos apreciables. Y que a mí, en particular, me faltaba el don, esa mácula dorada de uno entre cien millones. Pero estaba equivocado en todo, para variar.
Mi cuñada de entonces expulsó a los gemelos a finales del siglo pasado. Muy poco antes del parto, decidió torear a su voz interior haciendo algo de limpieza en casa, justo cuando empezó a entender que dos bebés distaban mucho de ser algo etéreo. Se deshizo de pocas cosas, entre ellas toda la colección de libros y recortes de Parapsicología, juegos de rol, barajas de tarot y pedruscos con formas peculiares. Podía haberse limitado a ponerlo todo en el contenedor de la basura, pero se tomó la molestia de anunciarlo en eBay. No tuvo que esperar mucho para venderlo, ya que Nigel1692 contactó con ella de inmediato. El mismo día en que se publicó el anuncio, la compraventa estaba cerrada y el dinero en su cuenta. Ya sólo quedaba entregar la mercancía y, en tales ocasiones, mi cuñada siempre se acordaba de mí. Como deferencia, ella arreglaría la cita en mi nombre.
La tarde siguiente fue fría. Y aún más fría en medio de aquella avenida. Había quedado con el comprador sin rostro a las siete, junto al único buzón de correos conocido. Estábamos éste y yo intimando en medio de la acera inmensa y desierta, cuando Nigel1692 surgió de la nada a mi espalda, sin hacer el menor ruido. Me volví en el instante justo en que se detenía ante mí, como si me hubiera llamado al hombro con un dedo helado.
Resultó que Nigel1692 tenía ojos grandes, pelo largo, medio gramo de maquillaje y tacones considerables. Sin mediar palabra, se presentó con un sucedáneo de sonrisa y me señaló con la mirada un café a unos quince metros, bajo un soportal, que ya debía haber estado allí incluso antes de que yo llegara. Me dio la espalda antes de recibir gesto alguno por mi parte y, entonces, los tacones comenzaron a sonar por primera vez (detalle que entonces pasé por alto), afirmando a cada paso unas excelentes pantorrillas. Tardé un par de segundos en salir del pasmo y ponerme en marcha, guiado siempre por las líneas continuas de sus medias.
Entonces comienza la parte confusa de la historia. La extraña y yo debimos sentarnos, tomar café o algo peor, puede que hasta pasteles, y tal vez hubiera algo de conversación casual. Los libros y demás baratijas vendidas cambiarían de manos en algún momento, supongo que ella los revisaría a continuación. Pero estoy especulando, pues no recuerdo absolutamente nada de todo esto; pudo durar media hora o tres, tampoco puedo precisar el tiempo que estuvimos allí. Pero eso sí, aún veo claramente su mirada directa a mis ojos, perforando retina, cerebro y hueso, chamuscando pellejo y pelo antes de empalarme contra el tabique de madera teñida.
(No fui verdaderamente consciente de lo particular de aquel encuentro hasta semanas más tarde, cuando tuve suficientes piezas a la vista para entender que lo que tenía frente a mí era un rompecabezas, de un tipo muy diferente a los de cartón sobre alfombra y engrudo deshidratado.)
Aquella noche me fui temprano a la cama, sin cenar. Empezaba a notar malestar general –propio de la antesala del invierno- así que decidí atajarlo desconectando el teléfono y sepultándome en una auténtica lasaña de mantas. No permitiría que nadie turbara mi necesario descanso de fin de semana.
La primera vez que miré el despertador ya tenía el insoportable dolor de cabeza y la boca seca; notaba todo el cuerpo dolorido y ardiente; cada arruga de la ropa revuelta era una pequeña aguja clavada en mis nervios. Eran sólo las doce y cuatro minutos de la madrugada, y todo mi cuerpo parecía empeñado en celebrar la bienvenida al frío saboteándose su propio descanso. La imagen del explorador cociéndose en la marmita de los caníbales vino a mi mente, como uno de tantos chistes de mal gusto que me cuento a lo largo del día. Contrariado, me incorporé de un salto sobre la intolerable asimetría de mi cama enferma, firmemente decidido a vaciar el botiquín y enfriar las ideas con bendita agua mineral, antes de volver a perseguir al sueño. Probablemente sólo fuera el cambio brusco de postura, unido a mi ya deplorable estado físico, pero allí, a los pies de mi lecho, flotaba la cara de ella.
-“Ahora también deliro”- pensé, y, cerrando los ojos, fui tanteando el cable de la lámpara de la mesita de noche en busca del escurridizo interruptor. La lámpara se volcó, hincando una helada hoja de acanto en el dorso de mi mano izquierda. Cuando la luz brotó al fin, la cara ya no estaba aunque, de alguna manera, siguiera allí. El resto de la noche fue relativamente más tranquilo, salvo por la eterna pesadilla en la que la mujer del café se reía de mí a carcajadas pero sin abrir la boca ni gesticular, a la vez que se masturbaba con lo que me pareció una caña de bambú, en una fusión imposible de ropa y desnudez simultáneas, elegancia y procacidad, todo en un mismo instante y lugar; a la vez inmóvil y reptando, y sin dejar de humillarme con todos y cada uno de sus gestos e ingestos.
En los días posteriores, mi estado de salud general decayó notablemente, llegando a estabilizarse en un punto en el que todo me resultaba incómodo e irreal; tenía la persistente sensación de fiebre leve, había perdido el apetito y me sentía casi insensible a los estímulos de la vida ordinaria. No oía el timbre del teléfono ni tenía conciencia del momento del día. La noche era una prolongación impía de mi estado alterado durante el día y, lejos de reconfortarme, se convertía una y otra vez en la prueba más dura a superar. Aparte de la evidencia de que algo marchaba mal en mi organismo, la presencia –ahora constante- de la mujer en mi mente añadía genuina preocupación.
Aparecía en mis sueños cada noche y en las pocas siestas que me vencieron. A veces sólo me observaba estática, su cara gigante delante de mí y en mí a la vez. Otras veces me provocaba con gestos obscenos a los cuales yo no podía responder, porque me sentía inmovilizado. Su aparición en escena siempre desataba en mi espíritu un inmediato sentimiento de miedo paralizante, consciente de la proximidad de la maldad infinita y de mi absoluta indefensión ante ella.
En poco tiempo, mi cuerpo se acostumbró a sus nuevas constantes. A pesar de la fiebre, ya crónica, no me sentía tan mal. Advertí también que mi papel de mero observador onírico comenzaba a transformarse progresivamente en otro, igualmente pasivo, pero mucho más involucrado en la acción y sus efectos: la mirada de la intrusa, enmarcada en la misma mueca de falsa sonrisa que conociera en nuestro primer encuentro, actuaba sobre mi cuerpo como una palanca invisible. Me veía ascendiendo vertical y suavemente, en la misma posición en que descansaba, hasta casi tocar el techo de mi habitación, y allí me mantenía durante unos segundos.
Descubrí que tales levitaciones, controladas en todo momento por el poder desconocido que emanaba del rostro extraño, me producían una notable excitación sexual. En más de una ocasión, la maniobra de elevación mágica cerraba el sueño, no sin antes llevarme a un intensísimo estallido de placer físico. En la vuelta a la vigilia, sorprendía a todos los músculos de mi vientre agitándose con vida propia en medio de un caos de suaves tejidos y humedades cálidas, una experiencia casi adolescente que creía superada años atrás.
Luego las levitaciones desaparecieron. Tan pronto como visualizaba su rostro, brutal aspirador tesliano de mi esencia, llegaba yo al clímax, fenómeno éste que contribuyó a debilitarme aún más, aunque mi salud ya no figuraba entre mis preocupaciones.
En una etapa posterior -calculo que a mediados de la segunda semana- la mujer se me presentaba en el café de siempre, y caminaba hacía mí atravesando la madera de la mesa que se interponía entre nosotros como si se tratase de agua jabonosa en una bañera. Una vez ante mí, su desnudez se hacía patente de forma instantánea y, con la misma celeridad, me cabalgaba sin yo poder apreciar movimiento alguno en su imagen aún erguida, y así me poseía hasta la locura, engullendo todo mi ser en un calor pegajoso, propio de los Sótanos del Infierno.
Yo aún no lo sabía, pero estaba siendo iniciado. Los sueños sólo eran el medio apropiado para que la información fluyera entre nuestras almas; el contacto carnal completaba la entrega absoluta de mi ser, como aspirante, al aprendizaje de aquel conocimiento que, por motivos aún desconocidos para mí, me había tocado experimentar. Mi misión última en este nuevo plano aún queda por descubrir. No obstante, puedo decir que mi vida no es ni un reflejo de lo que era, ni mi persona ha vuelto a mimetizarse jamás con la del resto de la gente corriente. He aprendido a leer y escribir en sus mentes, mover sus objetos sin tocarlos, alterar el pasado y adelantarme al futuro. Ah, y esta noche, el Monstruo me enseñará a teletransportarme.
[Dedicado al bueno de Gilman (Q.E.P.D.), quien no llegó ni a la mitad del Juego.]

Te Hodes dijo
¿Cuándo continuará?
10 Enero 2008 | 07:58 PM