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DONDE EL BUSCADOR NO ALCANZA

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31 Diciembre 2007

La Huerta de la Inocencia

Habían pasado quince largos años desde la última vez. Ese tiempo logró sepultar a su paso multitud de rostros, lágrimas, melodías y anécdotas; en cambio, el olor de la tierra húmeda y oscura seguía extraordinariamente presente en su joven memoria. El sonido hipnótico del motor de un tractor lejano o el aterrador zumbido del insecto que vuela demasiado cerca: todo ello permanecía inalterado en su mente, más vívido que el cuentakilómetros al sol.

Por fin –se dijo- era capaz de conducir y conducirse sin depender de otros; de alguna manera, aquella primerísima escapada había sido planificada desde mucho antes, en un sueño recurrente que no recordaba haber tenido. Y se sorprendía con cierta vergüenza al sentirse más madura y segura de sí misma sólo por estar a los mandos de una máquina, ni que fuera la única en el mundo (aunque para ella, ciertamente, era la primera y única). Tampoco podía evitar sentirse un poco decepcionada consigo misma al descubrirse en ciertos momentos del día como alguien tan permeable a los mismos esquemas del consumismo que intentaba romper a cada paso en su particular cruzada de clase media.

Durante la hora robada de autovía, su cabeza era un auténtico mercadillo de escenas mal apiladas, adquiridas durante una niñez tan humilde como privilegiada. Imágenes estáticas y ampliamente detalladas, especies de registros indelebles que perpetuaban sensaciones instantáneas; aromas y colores fugaces sin palabras ni fonemas posibles que pudieran definirlos y, no obstante, exquisitamente perfilados. Así se vio empujando la verja negra y salvando los cinco peldaños de terrazo que entonces, como en un absurdo escheriano, conducían a un sembrado situado casi a la altura de los ojos, un metro largo por encima de la realidad.

Luego, el camino de tierra seca, flanqueado por flacos arbustos frutales dispuestos asimétricamente, enderezados aquí y allí por la mano de algún buen hombre mediante columnas vertebrales de grisácea madera muerta. A un lado, la frontera de chumberas, pasto imposible de las vacas, y al otro, el excesivo alambre de espino colocado por un vecino sombrío y huidizo de quien se contaban historias tremebundas. Al fondo, semiescondido entre la profusión de elementos naturales, un pésimo espantapájaros, apeadero indiferente de los astutos gorriones. Frente a él, como anunciando la meta, quedaba el gigantesco nogal, sin duda el ser más longevo en muchas hectáreas a la redonda. En él se perdía el concepto de parcela; su grandiosidad era lo único que podía permitirse cruzar todas las fronteras sin recibir balines de plomo o dentelladas de perro enfermo a cambio.

Veía también el columpio, superviviente de una mañana de sábado, improvisado con soga de brocal y madera vieja, colgando de la rama más baja del árbol gigante. Justo entonces comenzó a silbar Got To Get You Into My Life, y no fue por casualidad. A pocos metros del nogal estaba el pozo, taponado ineficazmente con una suerte de maderas podridas, cartones ondulados y piedras (no debes acercarte nunca), y veía las puertecillas batientes (estás entrando en mi saloon, forastera) que conducían al porche. Éste, a base de haber sido rodeado por parterres de hormigón y pretiles de ladrillo encalado, encumbrados con macetones agrietados de geranios y rosales, se convertía en un pequeño patio cerrado, seguro para el imprudente juego infantil. El techo en este punto consistía en viejas persianas de plástico apoyadas en enclenques perfiles de hierro, ligeramente inclinados para evacuar las lluvias; la luz meridional jugaba con cada rendija, antes de estrellarse contra el suelo en mil añicos.

Despertó de su ensoñación al reconocer la ermita enana, ahora acorralada entre la gasolinera Shell y la subestación eléctrica que alimentaba a todo el vecindario. Giró el volante y se adentró en la única calle visible, dejando la ermita a su derecha. Esta vez no encontró albero ni lodazales, ni tampoco amenazas protuberantes para el temible cárter, sino un suelo firme de oscuro alquitrán, con agujeros reservados para arquetas a medio terminar.

Tampoco encontró la pequeña casa abandonada -la de los azulejos con grecas mudéjares- ni la villa donde se vendían piensos para aves, bombonas de butano y sombreros de paja (todo a una); este lugar había sido siempre un hito indispensable, pues anunciaba que su destino –geográfico- se hallaba a la vuelta de la esquina. Esta vez tuvo que averiguar a qué profundidad del carril estaba, recurriendo únicamente a su intuición, alimentada por su portentosa memoria fotográfica.

Con cierta inquietud, sospechando ya haberse perdido, detuvo el vehículo al pasar la esquina; se hallaba en el cruce con una calle nueva. Dos ancianas vestidas de negro pasaron a su lado sin apartar la vista de ella ni por un instante, hasta perderse tras la esquina en su retrovisor. Pensó que seguirían observándola incluso a través de la pared. Vio una hilera de viviendas unifamiliares adosadas, aburridas y clónicas, aceradas frente a una isleta estéril, sin árboles, y una infinidad de pasos de peatones de pintura reciente. Apagó el motor, y cambió el aire acondicionado por la ventanilla abierta para permitirse oler el verano verdadero. Mientras intentaba situarse, su mirada fue de un monolito de hormigón a una ventana con reja de aluminio blanco.

Una única fachada corrida aglutinaba a modo de escudo común a todas las viviendas que tenía frente a sí. La única forma de averiguar dónde se adosaba la una a la otra era prestando atención a la disposición de los portales, también integrados en el plano infinito de la blanca y anónima fachada. Sólo en un punto, a unos veinte metros de la esquina, la pared se interrumpía brevemente para hacerse verja de un patio diminuto sin acceso desde el exterior. Por encima del las picas metálicas asomaba una rama gris, sin hojas, sin vida. Entonces reconoció a su nogal y sintió que se moría por dentro.

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6 comentarios · Escribe aquí tu comentario

Chipi

Chipi dijo

Pobre mujé, qué desilusión...

3 Enero 2008 | 03:03 PM

Mambrú

Mambrú dijo

Si yo te contara...

3 Enero 2008 | 03:19 PM

ivaginaria

ivaginaria dijo

Mira, ya no me quejo más de tus posts: estaba vilmente estreñida, hasta que he leído "La huerta de la inocencia". Gracias.

16 Julio 2008 | 10:12 AM

Laxantes exfoliantes

Laxantes exfoliantes dijo

De nada. ¿Debo entender que escribo que te cagas?

P.D.: a ver cuándo te sacas de una vez el grano ése con forma de pezón tetero

16 Julio 2008 | 02:55 PM

ivaginaria

ivaginaria dijo

Todo lo contrario. (Es decir, cagas que te escribes).

16 Julio 2008 | 04:37 PM

Paqui Crispina Badalona

Paqui Crispina Badalona dijo

Parterres y pretiles
ráscame los alcaciles

21 Septiembre 2008 | 11:25 AM

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