22 Enero 2012

En este lugar hace mucho frío. Me gustaría relajarme, no pensar en nada y quedarme traspuesto, pero esa corriente de aire casi imperceptible no cesa de pasar por mis manos y mi rostro, y ha conseguido helar todo mi cuerpo. ¿Es que nadie más la nota?
Yo no suelo tener frío. Cuando era niño no soportaba aquellas horribles escafandras de lana que me picoteaban el cuello y la frente. Fui creciendo y mi tolerancia al frío también. En mi adolescencia llegué a estar totalmente convencido de que padecía una rara enfermedad del hígado que alteraba mi relación con el astro rey. Hubo un tiempo en que mis tíos Len y Sara me invitaban a pasar el domingo en su casa de campo. En realidad Len sólo era el marido de mi tía Sara, pero para mí eran lo mismo. Su casa de campo consistía en una construcción de estilo anticuado, con paredes curvas y ladrillos de vidrio, rodeada de un caos de vegetación, arañas y neumáticos usados. Allí me encontraba con mis tres primos y, como había bicis viejas y balones desinflados para todos, pasábamos el día sin demasiadas trifulcas, lo que equivale a decir que nos divertíamos. Glenda era la pequeña de los cuatro, y supongo que lo seguirá siendo en alguna parte. A Glenda la abrigaban mucho, la recuerdo como una gran pelota de colores de la que salían cuatro extremidades y una cabeza diminuta. A sus hermanos mayores también les colocaban toneladas de toda la ropa pasada de moda que cabía en aquella casa, pero ellos eran más rebeldes y se la quitaban a escondidas, lo que provocaba temibles ataques de ira incontrolada en mi tía. Ella conmigo era diferente, insistía en colocarme la ropa de mi primo Chris, pero terminaba aceptando mis negativas de forma pacífica y condescendiente. Lo cierto era que no necesitaba esa ropa ni ninguna otra, porque yo no tenía frío.
Mi insólita característica se convirtió en algo crónico. Descubrí que podía transferir gran parte de mi calor a otra persona y aún así permanecer inmune al frío: no sabía entonces que mi isotermia jugaría un papel determinante en mis relaciones con las chicas. Una de ellas me eligió durante un invierno especialmente frío. Ella era endeble y pequeña, aunque no tanto como mi prima Glenda de los domingos; pienso que debió ver en mí al equivalente humano de un San Bernardo. Juntos pasamos dos años de tierno abrigo. En otras ocasiones, mi condición marsupial no suponía un valor añadido: mi ansiedad crecía a medida que se acercaba el momento de sacar del ropero los edredones nórdicos. Nadie que no haya experimentado mi singular dolencia podría imaginar cómo una relación conyugal puede agrietarse por discrepancias térmicas.
Sigo teniendo frío. Oigo conversaciones ininteligibles a mi alrededor, es como si mi pensamiento celoso sonara más fuerte que las voces. Alguien se aproxima, oigo un leve chirrido de goznes y un golpe sordo que me trae a la vez oscuridad y silencio. La corriente ha desaparecido, al fin podré descansar en paz.
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27 Junio 2011

Hoy he atravesado al fin mi primera pared. Después de años de mentalización, sobre todo en sueños (léase "Hades"), he logrado pasar del estudio al baño sin utilizar el pasillo. Y he llegado molecularmente intacto a la placa de ducha. A decir verdad, llegué apestando a sudor equino: habría que determinar en subsecuentes experimentos si existe relación causa-efecto. Una vez allí, adopté la consabida posición fetal que, aunque es absolutamente inútil, añade notable dramatismo a cualquier experiencia traumática.
Comencé acariciando con las yemas de los dedos la zona de la pared donde van a parar la mayor parte de los estornudos, aunque sin éxito. Entonces se me ocurrió justificar mi fracaso argumentando que es demasiado obvio y previsible utilizar los apéndices táctiles para emprender una transmutación de tal envergadura, lo cual me llevó a intentarlo con la verga dura. No obstante, tampoco funcionó, más allá de desollarme ligeramente la piel en su punto más sensible. Preso de un ligero atisbo de frustración, me dejé caer, vencido, contra la pared, dándole la espalda desnuda. Entonces noté que se me cortaba el culo, una sensación intimidatoria, por definición. Como pocas palabras no bastan en este caso, compararé mi percepción con introducir lentamente la cara en un lavabo lleno de agua helada hasta el borde. Dichas estas palabras, en adelante procuraré no explicarme tanto.
Si algo me ha quedado grabado de toda la experiencia -que duraría unos escasos treinta segundos- fue la angustiosa idea de poder quedarme, por accidente, eternamente fundido con la mampostería, sin distinción química o física con el mortero, el ladrillo y el orín. También recuerdo, aunque olvidaré en breve, la increíble sensación de cómodo sostén que la tabiquería propició durante unos instantes a mi aparato genital, otrora magullado por la cara más superficial de la materia, valga la implícita redundancia.
Habiendo experimentado algo tan inusual en estos tiempos como la teleportación macroscópica, me siento un ser distinto. Ya lo era antes de teleportarme, por la forma de mis gafas. Pero ahora también me siento renacido, superior, irresistible. El problema a resolver cuanto antes es controlar este nuevo poder, ya que en estos momentos me estoy fusionando con una silla de Carrefour. Quién dice que no pueda llegar en pocas horas al centro de la Tierra, habiendo pasado antes por las cloacas. Un universo infinito de aplicaciones de este don se abre ante mí, todas ellas no remuneradas. La verdad, estoy que no meo.
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26 Marzo 2010

Con el índice suspendido sobre el Enter y la mirada fija en el texto absurdo, concedió un último segundo a su víctima, antes de aniquilarla definitivamente. El dedo aterrizó suavemente, deformando sensibles resortes y liberando microcorrientes que, como un ejército de invisibles nanobots, alcanzarían su objetivo mucho antes de que la presión de su mano cediera. “Al carajo contigo, puta de mierda” – masculló, y su odiada Times New Roman pasó a ser historia. En su lugar, la flamante Helmut Gothic proporcionaba ahora un inexplicable efecto de rejuvenecimiento a cada pulgada de pantalla.
Para celebrarlo apartó el teclado y colocó la bolsa de papel frente a él. La luz del flexo le cegó por un instante, reflejada en el envase de la salsa picante- que otra vez había olvidado pedir. Mientras iba disponiendo ordenadamente las piezas de su cena, pensaba en la chica que solía atender sus pedidos, aquélla que parecía recordar sus preferencias mejor que él mismo. La visera –una parte de su uniforme- le cubría siempre hasta cerca de las cejas, de manera que sus ojos permanecían en penumbra. Pero él sabía buscarlos y encontrarlos. Y así había notado que el derecho se cruzaba ligeramente, sin restar atractivo al conjunto. De no ser por el estímulo de observarla, la mitad de sus cenas no habrían existido, no al menos en ocasiones como ésta, en que la entrega a su trabajo se convertía en su única necesidad primaria. Más de una vez, exhausto, desnutrido y al borde de la crisis nerviosa, había puesto punto a su jornada limitándose a dejarse caer desde la silla al colchón cercano: el flexo y la pantalla velarían su anárquico sueño.
Comenzaba el asedio al tercer plato, su favorito, que no era más que un primer plato pospuesto. Entonces reparó en una forma negra, definida, sobre el fondo radiante de la pantalla. Su capacidad de percibir y comprender, ausente durante unos minutos de masticación, volvió de golpe, mostrándole allí donde miraba una palabra, luego las letras que la componían; a continuación imaginó su sonido y su significado. La palabra carecía de importancia dentro del párrafo de muestra, donde no faltaban eñes, cedillas, guiones bajos o uves dobles. Pero una de sus letras, la ele mayúscula, destacaba del resto. Empujó la cena a un lado, arrastrando con ella el mugriento ratón de bola, que cayó por el costado derecho del escritorio para quedar suspendido de su cola a un palmo del suelo. El cursor describió una sonrisa. La ele, la maldita ele desentonaba con el resto de las letras. Se alejó del monitor unos centímetros y, mediante una maniobra que consistía principalmente en desenfocar la vista y, sobre todo, evitar centrarse en ninguna palabra en concreto, creyó localizar de una vez las ubicaciones de todas las eles mayúsculas que, como la primera, rompían la coherencia de su obra. Eran sólo tres, pero ahí estaban, como tres torres, liderando largas frases, arrogantes, desafiando a sus semejantes.
Un despiste. La plantilla contenía una infinidad de letras y símbolos, minúsculas y mayúsculas, universales, matemáticos y latinos, de puntuación y tipográficos… Todos ellos habían sido minuciosamente reemplazados por nuevas encarnaciones -serifa más, serifa menos- de los mismos contenidos durante dos días y una noche. Todos excepto la ele mayúscula, que aún mostraba su forma por defecto, que no era otra que la Times New Roman.
(Continuó)
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23 Junio 2009

Esta mañana todos tienen cosas que hacer fuera de la oficina. Por ello vinimos juntos en un solo coche. Hace unos minutos nos bajamos Alberto y yo. Ahora caminamos por el centro de una calle peatonal con mesas de cafetería en ambas orillas y camareros que se distinguen del resto de la gente por sus movimientos acelerados. Me resulta extraño que, estando todas las mesas ocupadas para el desayuno, no se oiga ruido alguno. Llegados a una esquina, Alberto se va a hacer sus propias gestiones mientras yo haré tiempo hasta que me avisen o hasta que el coche pase a recogerme. Se pierde por mi izquierda, por la calle de las droguerías y los escaparates olvidados. Para mí se acaba la calle peatonal, luego avanzo por la acera estrecha de una calle estrecha que parece ascender ante mis ojos. Me esfuerzo por enfocar mi visión lejana, y detecto un vehículo que se aproxima a toda velocidad, sembrando pánico e indignación entre los viandantes, que se lanzan literalmente hacia las paredes de los edificios por evitar la muerte muy probable. Con el pulso alerta me detengo en el próximo cruce para encontrar al vehículo ya derrapando ante mis ojos para girar a mi derecha y adentrarse por la bocacalle. Lo identifico como un anacrónico R-12 familiar color champán. Continúa su frenética carrera hasta detenerse con un nuevo derrape a unos diez metros de la esquina desde donde contemplo la escena, quedando atravesado en la calle. El R-12, visto así, tiene dimensiones de Hummer hasta ahora inéditas. De sus cuatro puertas brota una manada de niñatos con evidentes ganas de bronca. Por las voces que dan, podrían estar drogados o irremisiblemente perdidos, que viene a ser lo mismo. Pero lo más probable es que sólo estén llamando la atención. Siento vergüenza ajena, desprecio y otros instintos contra esos seres presuntamente de mi misma raza, y mascullo maldiciones. De la nada aparece junto a mi hombro derecho un joven de edad similar a los pandilleros y, como sin entender a qué viene mi indignación, me pregunta. Intento explicarle que no todos los chicos del mundo son en esencia tan buenos chicos como seguramente él sea, con el temor a ofenderle por el paralelismo generacional. Él no parece muy convencido, pero tampoco parece importarle lo que digo. Aprovecho la confusión para distanciarme del corro que se ha formado en nuestra esquina, pueblerinos interesados por el espectáculo circense de los imbéciles, para escabullirme por la perpendicular y luego por otra perpendicular, poniendo a prueba una vez más mi infalible técnica de huida en zig-zag por cortesía de mis amigas las esquinas opacas, con la irracional idea de que los niñatos se dedican a pisarme los talones. Tanto corro que me alejo del centro urbano hasta llegar a un lugar insalubre a caballo entre vertedero y cantera arcillosa. Cuidadosamente desciendo de costado por la ladera roja de fango que me ofrece más abajo tierra estable en lo que parece un camino de cabras venido a más como callejuela de albero sucio con chabolas a cada lado. Una mujer gorda habla hacia el interior de una de las chozas y adivino que me mirará al pasar, por lo que intento no hacer ruido, mientras ofrezco mi imagen más intrascendente. Advierto por primera vez la presencia de un maletín en mi mano derecha, ahora sé que no podré pasar desapercibido. Cuando paso cerca de la mujer ella parece verme, pero está más interesada en increpar a su sobrina, que remolonea en la cama hasta mediodía mientras su madre, hermana de la gorda, se muere de algo muy feo. Casi puedo ver a la madre arqueada, frágil y gris, oyendo la discusión en la habitación contigua, pero demasiado enferma para interesarse. Me alejo de la opresiva escena mundana y continúo el descenso. Veo otra mujer, ésta de unos cincuenta años con el inequívoco aspecto de profesora de Lengua y el paso nervioso característico del pánico crónico de las solteronas que describe una trayectoria perfectamente recta que se cruzará con la mía si continúo andando. Decido pararme y hacer gestos de evidente desorientación para apaciguar sus temores. Cuando me alcanza, le pregunto con tono neutro y educado dónde estamos. Ella me responde con sorprendente autocontrol que en "Tajo IV", denominación que jamás he oído. No obstante sé que son números romanos y sin guión que les preceda. Termino mi descenso junto a una hilera de eucaliptos -que tampoco sabría identificar jamás salvo hoy- y continúo caminando durante horas, sin abandonar la ruta de los árboles. El perímetro de un parque raquítico me devuelve a la zona urbanizada del pueblo. Hay gente que sube en manadas por la primera calle a mi izquierda. Vienen de la feria local o de alguna romería. Sin haber perdido del todo el miedo a encontrarme con la banda de cretinos, me confundo con la gente que asciende por la acera izquierda. Alguien junto a mí me saluda, es el mismo joven del hombro, de la esquina y de la edad difícil.
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13 Junio 2009

Apenas unas horas antes de nuestro anhelado encuentro con “El Personaje Más Controvertido de la Industria del Mundo” -como lo definiera Dennis Perrault en su enésima obra póstuma “Vinieron De Las Chumberas”- nos hallamos observando el ritmo frenético de los viajeros que fluyen sin cesar a nuestro alrededor, esquivando la zona acristalada del aeropuerto donde nos hemos instalado. “El Hombre”, de quien apenas conocemos unas decenas de nacionalidades distintas, así como identidades y alias tales como Félix Nash Vidal, Bertu Culloughs o Nathan Paboglio fue identificado ayer al mediodía de manera extraordinariamente casual por nuestro colaborador Tom A. Pollack cuando aquél pretendía embarcar en su vuelo portando un octobajo que aseguraba era “su equipaje de cabina”. Anecdóticamente, nuestro reportero se encontraba en la Terminal 7 del Aeropuerto de S. cubriendo en directo la información sobre el lamentable espectáculo ofrecido por una pareja de hermanos siameses adultos que luchaban por diferencias respecto a la tentativa de uno de ellos de depilarse las cejas, cuando su cámara captó fugazmente la imagen del Hombre junto a su considerable equipaje de mano, reflejada en el cristal de una máquina expendedora de preservativos. El incidente se resolvió pacíficamente cuando el insigne pasajero accedió a cambiar su descomunal instrumento por una trompeta marina proporcionada por la auxiliar de vuelo Debra G’Azzusia, que pudo colocar en el suelo, a lo largo del pasillo de la aeronave, y en contacto con la cara interna de sus muslos.
Paboglio, como se le conoce desde el tristemente célebre caso “Catania”, donde fuera imputado como testigo circunstancial a petición de tres de los líderes políticos procesados por presunta honestidad intachable, ha sido durante décadas una figura inclasificable, inaccesible, incombustible, incómoda e imprevisible. De entre sus innumerables y excéntricas ocupaciones podríamos mencionar algunas de las más populares y contrastadas -y no por ello mejor conocidas: Polemista en Pista Cubierta, Experto en Lisonjería Institucional, Estilista-Decorador de Interiores de Chozas, Orientador-Procurador de Placer Sexual en Preadolescentes, Archivólogo de Peluquería o intérprete virtuoso de la llamada “Música Disfónica”, de muy escasa difusión en Occidente, según se mira desde Oriente. También se le asocia a sus históricas y revolucionarias reivindicaciones sobre el derecho al sufragio de las sepias y a diversos estudios eruditos sobre la desintegración del núcleo familiar del lepisma o la recíproca observación aleatoria entre pasajeros de cercanías.
De su controvertida personalidad poco se puede decir, dado lo elíptico, incluso fractal, de su carácter. Se ha sabido que habitualmente se muestra como persona de pocas palabras; sus manifestaciones esporádicas se limitan a complejas oraciones en apariencia crípticas que con frecuencia han provocado episodios de mutismo prolongado e incluso catalepsia retroactiva con extensa componente levitante en sus contadísimos interlocutores. Son bien recordadas sus citas: “somos infinitamente mejores en lo que seríamos que en lo que estamos siendo”, “si pudiera cambiar el mundo comenzaría por Tele 5”, “mi proceso mental se compone de una estructura infinita de sentencias if...then encadenadas a la velocidad de la luz negra” o “pobre de aquél que caga y no mira el papel”.
Recordaremos a nuestros lectores que nuestro singularísimo entrevistado de hoy fue visto el pasado 30 de Febrero sentado entre el público de un conocido show televisivo, llegando entonces incluso a responder micrófono en mano al presentador, quien, incapaz de reconocerlo, le escogió aleatoriamente para preguntarle a qué se dedicaba. La antiestrella, que se presentó como “Mortimer Dulcimer Latimer”, respondió que actualmente trabaja como “Coordinador Jefe de Relaciones Genitomercantiles en La Obra”, en clara referencia a la obra -deposición- de Monseñor E. de Balaguer. La imprevisible y desmesurada reacción del público ante tales palabras fue tal que el plató debió ser desalojado de inmediato por el personal de seguridad ante las corales imprecaciones de “¡Chuloputas! ¡Chuloputas!”, que luego derivó en el habitual jaleo por sevillanas -a modo de aplauso en 3/4- característico de los bises de todo espectáculo en directo al Sur de Guarromán. La antiestrella resultó, sólo tal vez afortunadamente, ilesa, mientras el presentador sufrió un severo linchamiento parcial que le obligó a abandonar definitivamente su labor televisiva y buscar un empleo decente.
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14 Abril 2009

Ya no hay vuelta atrás. Me lo repite una y otra vez una voz familiar que sé que es la mía. Suena tan fuerte que no soy capaz de concentrarme en nada; lo único que puedo hacer ahora es permanecer sentado casi al borde del sofá. Esperaré a que el temblor se me pase y a que el estómago vuelva a su lugar.
Detrás de algunos puntos y seguido se me cuelan ideas chocantes, como si me aferrara a mi sentido del humor como el último vínculo con la cordura. Alguna gente me lo reprocha. Sí, se cansan de fingir que se divierten con mis chistes y me lo reprochan abiertamente, a veces haciendo de ese reproche el argumento de su propio chiste (que nunca tiene gracia). Yo no les pedí que fingieran para complacerme. Y cuántas veces tuve que guardarme -no sin esfuerzo- alguno verdaderamente bueno, como aquella tarde en el funeral.
La frase otra vez (giran espirales de cartón y flotan caras sin cuello). Ya no oigo el corazón, pero sigue ahí porque siguen las naúseas. Tengo las manos heladas, sudando de una manera extraña. No es el sudor que yo conozco, porque no siento calor. Suena el móvil: publicidad de cuatro dígitos. Ni lo toco.
Estuve persiguiendo justo esto, con todo mi empeño. Y ya lo he conseguido, frente a mí tengo las pruebas. Fin de trayecto, meta, único ganador, enhorabuena. Meses deseándolo, planificándolo, soñándolo incluso. Entonces por qué me siento así. No siento la satisfacción de la misión cumplida, ese familiar empujoncito al ego que no contribuye en absoluto a que duermas mejor. Lo esperaba esta vez, pero no ha llegado. En cambio, la misión acabó.
Voy a levantarme. Hace un bonito día, supongo. Un día de parques con niños y manos con manos sobre telas estampadas. Algo así debe ser, y me da exactamente igual. Podría abrir la ventana y vomitar sobre todos ellos, pero evitaré pasar del chiste a la broma.
Para que luego me lo reprochen... Ahora mismo tuve un acto reflejo. Quise pulsar control zeta para deshacer los últimos acontecimientos. Me sentí perdido al no encontrar las teclas en la vida. Igual esto sí les haría gracia, pero la perdería por el camino de la explicación.
Al segundo siguiente todo es distinto. ¿Pero cuándo ocurre exactamente? Es decir, ¿cuándo empieza a ser distinto? Porque el segundo se divide infinitas veces, tantas como vértigo nos da el momento, y así lo alejamos eternamente. Pero ocurre. Eso es lo que quiero que me expliquen, cuándo ocurre, dónde poner la bandera roja.
Tal vez pueda alejar infinitamente también las consecuencias. Me pregunto si se siente lo mismo en los siguientes casos:
a) Asesinato de tu opresor moral habitual
b) Adulterio arquetípico contra una relación pulcra y modélica
c) Fraude reiterado contra el jefe amigable
d) Enfermedad incurable con calendario en rojo
e) Abandono a la Gente Buena
Es inútil, todo me parece infinitamente más llevadero que la alternativa forzosa.
Sigo sentado. La televisión tiene el altavoz anulado. Veo las caras de siempre o tal vez otras que son las de siempre, pero hoy no las conozco; son farsas brillantes que pasan por mi comedor sin pararse.
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12 Enero 2009

A las 18.45, como cada tarde, Juan Antonio salió al patio trasero de la casa, cerrando tras de sí la puerta metálica. Comprobó que la linterna funcionaba, y que la bandolera estaba donde debía estar –colgada de su hombro derecho. Luego avanzó con paso experto hacia la torta de hormigón donde nacía la escalerilla que le conduciría a la cúspide del faro. Había repetido la misma operación a diario durante veintitrés años, a excepción de los días de descanso, y durante aquella baja médica que ahora le parecía más la historia de otro que de sí mismo.
Sin haber utilizado la linterna ni el pasamanos, logró superar los dos primeros tramos de escalera en dos minutos y medio; pensó que no estaba nada mal para sus cuarenta largos años, entregados a cambio de sal, lluvia, viento y relámpagos. También entregados a ella, a quien el tiempo se encargó de mezclar y diluir junto a los demás elementos. No era un pensamiento nuevo, sino un genuino tic que cada día le planteaba el mismo desafío secreto, siempre a sabiendas de que lo superaría hasta el último peldaño del último de sus días.
El faro -su faro- era una vara de medir su estado interior. Aquellas veces en que se sentía anónimo y prescindible apenas era capaz de alcanzar el primer descansillo en menos de un minuto. Otros, llegaba de un tirón a la cubierta superior, se escurría ágilmente por la incómoda trampilla y aún encontraba resuello para fumarse uno más, contemplando la luminotecnia celeste del atardecer tras un raquítico parapeto que apenas le llegaba a cubrir a los muslos. Eran ésos los días en que se sentía tocado por los dioses.
La tarde del once de Noviembre, cuando tanteaba en penumbras alrededor de la trampilla en busca del asidero, creyó oir el llanto. En un lugar como aquél los sonidos constituyen una compañía tan habitual como necesaria. Paradójicamente, su oído, que se mostraba inmune a los truenos más estremecedores y a los tortuosos lamentos del viento, estaba prodigiosamente adiestrado para detectar cualquier inflexión nueva, distinta, por insignificante que pudiera parecer, que distinguiera a cualquiera de sus ruidos familiares. Y él supo que había oído algo.
Descendió unos peldaños hasta alcanzar el primer ventanuco. Esperó a que la luz volviera de su perezoso periplo para dar sentido a las siluetas rocosas de la bajamar. Una pequeña fracción de segundo le bastó para comprobar que no había nada extraño en su campo de visión. Siguió descendiendo, dejando eco a cada paso sobre las huellas de acero, para detenerse nuevamente frente a otra abertura, en el mismo costado de la torre, el que miraba hacia el mar oscuro. Alzó su linterna dentro del nicho para iluminar la base del faro. Pegó su cabeza al cristal, y adoptó una postura imposible, para evitar interponerse en el camino del haz, a la vez que miraba hacia el lecho de roca justo en la raíz del edificio. La escalerilla auxiliar que franqueaba el acceso por el lado del agua seguía allí, como siempre, incompleta por el capricho de la herrumbre. Y, semiocultas, en la sombra que aquélla proyectaba, pudo distinguir unas olas muy distintas a las del mar, las de una fulgurante cabellera roja que supo reconocer al instante. Apagó la linterna y, con la sensación de quien muestra una sonrisa triunfal, se dispuso a abrir la puerta olvidada.
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17 Julio 2008

Ya en aquellos años la primavera usurpaba protagonismo al invierno, corto y brusco, y prometía un verano que sólo los turistas del Norte podrían soportar. La luz cálida del día anestesiaba los sentidos e impedía la concentración. Las noches, infectas de la humedad del mar cercano, invitaban a posponer el sueño indefinidamente. En ausencia del molesto Levante, el aroma de las rocas y de las algas podía apreciarse incluso en las calles más céntricas de la ciudad milenaria.
L. era muy joven, lo suficiente. Aunque ya era toda una mujer, conservaba el aspecto de niña que le acompañaría durante toda su vida, en parte por su complexión, diminuta y frágil, pero sobre todo por la gracia de sus movimientos. M. era algo mayor. Su juventud se apreciaba en su rostro, de rasgos suaves y aniñados, y en su espíritu, curioso y apasionado por conocer todo lo que el mundo le ofrecía.
Cuando el empacho romántico de las primeras semanas comenzaba a remitir, apareció el deseo. Hasta entonces, los jóvenes amantes se habían adorado e idealizado mutuamente, sin siquiera concebir otro contacto físico que los besos, elaborados y eternos, y los abrazos, desesperados y asimétricos por la diferencia de estatura.
El camino del espigón se plantó frente a sus pies sin darse cuenta, y lo tomaron. La playa, a un lado de la ruta almenada, aparecía plenamente recuperada de sus dolencias estivales pasadas. La arena se veía extraordinariamente lisa e intacta a la luz de la Luna llenísima, como no podía ser de otra forma.
Temiendo reconocer y ser reconocidos por alguien que, como ellos, paseara antes de irse a dormir, decidieron abandonar el espigón a través de la escalera de madera que descendía hasta el arrecife, reducido por la marea alta a su mínima expresión. Desde allí podían divisar la zona más exquisita del paseo antiguo, que se alejaba protegido y ornamentado por kilómetros de balaustrada y farolas, para morir en el viejo baluarte.
La muralla quedó tras ellos, arrojando sombra sobre las rocas. Caminaron con mucho cuidado sobre la piedra ostionera, evitando las fosas que desdibujaban la superficie. Donde ésta caía bruscamente para hacer frente a las olas encontraron su rincón, una especie de pequeña terraza baja que les serviría de asiento y a la vez les ocultaría de la mirada de quienes transitaban a sus espaldas, más arriba, por el camino iluminado. Las olas, tímidas esa noche, golpeaban bajo sus pies, salpicando eventualmente la tela vaquera de los pantalones.
L. se había acomodado sentándose erguida, dejando que sus piernas colgaran por encima del agua. M. se hallaba tumbado, cruzado sobre el regazo de la chica, apoyando su espalda y cabeza en la mochila de ella, inseparable de su imagen y de su esencia. Desde esta posición, el chico sólo podía ver el cielo, y distinguir entre las estrellas el Cinturón de Orión, la única constelación que sabía reconocer.
M. notó como L. desabotonaba sus pantalones con suma delicadeza. La brisa se adentró rápidamente en su ropa interior, actuando como afrodisíaco para el chico, que se entregaba de esta forma y por completo a la voluntad de su amada. Ella, guiada tan sólo por el instinto y un deseo irrefrenable, se disponía a obtener por vez primera el divino placer de su hombre y para su hombre. Sobre el regazo, el sexo erecto arrojaba una sombra obtusa.
Y el placer llegó. La inexperiencia no quiso impedir que la caricia, suave y rítmica, tensara todos los músculos del vientre de M. En un momento de parálisis placentera, el chico pensó que su cuerpo estallaría en un crack audible, como un resorte forzado a plegarse más allá de su límite de elasticidad. La tensión se extendió en cinco segundos a sus piernas y abdomen y, en un instante, su sexo se convirtió en el cráter de un volcán que él desconocía por completo. Su vientre, en un arranque de fuerza y poder indescriptibles, anuló su voluntad y sus sentidos y tomó las riendas de todo su ser. El semen brotó en ráfagas frenéticas, rítmicas, sincronizado con los movimientos de la chica, acelerados por la excitación del prodigioso hallazgo. La joven amante, en un gesto de devoción y entrega absolutos, acercó sus labios al volcán y quiso que toda aquella lava fuese suya.
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